>SOBRE EL CUESTIONAMIENTO Y LA PALABRA

Texto escrito para la exposición individual en el CTB, 2013

Entre citas de Jacques Rancière, Jean Baudrillard o Walter Benjamin y referencias literarias nos encontramos de repente sumergidos en la poética de las obras de Juan López. Una vez dentro es complicado escapar, complicado evitar el atraco directo al sentido común.

 

Con cierta dosis de violencia implícita en los mensajes que a modo de lema parpadean frente al espectador, comprendemos de inmediato la necesidad de enfrentarnos a sus piezas con los ojos abiertos, de implicarnos en el proceso de reflexión. Se genera entonces un espacio de interconexión, de relaciones que transcienden el interés estético formulando un diálogo que transita entre lo natural y lo artificial.

 

Avivar la imaginación consiste en este caso en situarse frente a la realidad, ante un contexto reprimido por los medios de comunicación que destila gota a gota aquello que, como miembros de una comunidad social, debemos asumir como verdad. En este punto se encuentra una de las claves del trabajo de Juan López, el individuo como masa, como sujeto pasivo inclinado a dejarse llevar. Puede resultar paradójico que para interpretar ese mensaje universal que el artista nos lanza a modo de documento sociológico sea necesario un proceso previo de interiorización, un momento de intimidad ante la pieza que permita remover los cimientos de la individualidad frente a la fuerte crisis de identidad de la que nos advierte. Soledad, aislamiento, manipulación. Juan López exprime estos conceptos a modo de denuncia contra la ineptitud de los modelos tradicionales, arrastrando al espectador a una situación incómoda que implica un ejercicio de reconstrucción visual. Reconocemos el material, su naturaleza y su representación.

 

A través de la cita y el collage sonoro, sus instalaciones nos sitúan en un espacio de conexión con la estética del ready made y la reapropiación de la primera vanguardia. Una estrategia que referencia no solo la vigencia de este tipo de comportamientos artísticos en la actualidad, sino también lo oportuno de recurrir a autores como Pablo Picasso y Marcel Duchamp en el arte, John Ashbery y Maurice Blanchot en la literatura o Roland Barthes y Jean Baudrillard en la filosofía para desentramar el entorno que nos ocupa. Después de la imagen surge la palabra, y es entonces cuando cobran vida las afirmaciones de estos y otros autores que se repiten en sus piezas a modo de voz en off. La palabra, a veces menospreciada en la historia del arte, ha demostrado ser el sustento y la base de toda representación plástica, un guiño encubierto capaz de traducir las emociones de la obra.

 

Conviene recordar la pieza Días indolentes donde un teléfono descolgado sobre una silla estimula nuestra curiosidad, nos incita a cogerlo y descubrir el mensaje que, repetido en bucle, invade nuestra conciencia produciendo un sentimiento de complicidad y confusión. Con Distopía doméstica lo que a priori parece un armonioso silbido de pájaros termina convertido en la combinación artificial de sonidos recreados con sintetizadores. Una atención minuciosa nos lleva a descubrir esa irrealidad donde la naturaleza aparece domesticada, desmitificada. Así, las palabras se cuelan en el imaginario de Juan López para acompañar al objeto, para subrayar su carácter presencial más allá de la sala de exposiciones, para definir un contexto. Por ejemplo, si seguimos a Gustave Flaubert descubrimos en sus palabras una extraordinaria puntería al afirmar que “la infinita estupidez de las masas me vuelve indulgente para con las individualidades, por muy odiosas que lleguen a resultar”. Sentencia que no podría ser más pertinente para reflexionar sobre estas cosas de la crisis, los delitos y faltas de unos cuantos que infectan todo aquello que tocan. Desmoronan el sistema. Y el arte. A propósito del arte, decía Rancière en El espectador emancipado: “Lo político en el arte no radica en aplicar un modelo representacional que promueve una determinada lógica identitaria sino en fisurar cualquier programatismo de la identidad y de la semejanza: en introducir entre la obra y el espectador la paradoja de lo inanticipado, de lo no garantizado, de lo que altere las maneras de ver, de sentir, y de decir”.

 

Encontramos mucho de las reflexiones de estos pensadores en las creaciones de Juan López, que emplea fragmentos de texto para introducir obras como Mantra o Lo político en el arte. El artista se posiciona, encuentra en el arte una vía de escape, de análisis. Admite que hay solución, que debe haberla.

 

Al margen de la argumentación teórica, advertimos en la obra de Juan López un acercamiento a la poética de lo cotidiano, al objet trouvé, a la valoración de la ruina como consecuencia del paso del tiempo. En este sentido, podríamos hablar de anacronismo para referirnos a un estadio de fusión entre pasado, presente y futuro, donde elementos próximos al carácter de reliquia (teléfonos antiguos, objetos desechados…) se combinan con las nuevas tecnologías incrementando la carga simbólica de sus instalaciones. Nace entonces un espacio paralelo surgido de esa ambigüedad consciente, se suceden las dudas frente a la realidad; la pieza nos advierte del engaño, dialoga. Sería interesante acercarnos, por ejemplo, a There is no path to follow, una perfecta combinación de estilos que incluye técnica gráfica, material eléctrico y elementos naturales como el humus. Ante los ojos todo está en orden. Se respetan la composición y el interés estético, la musicalidad surge del misterio como en las evocadoras imágenes de Christian Boltanski o en los extraños experimentos surrealistas.

 

La idea de repetición aparece transferida en el papel a modo de serigrafía, incidiendo nuevamente en el cuestionamiento de obra única y múltiple que conduce a la sospecha de la colectividad.

Por otra parte está el sonido, a veces extraído directamente del medio y otras tratado digitalmente. Juan López lo aplica en sus piezas estimulando la capacidad sensorial de quien observa, nos propone una relación directa con la música incluyendo citas o juega al despiste introduciendo como naturales sonidos creados digitalmente.

 

Es el turno de mirar, actuar, escuchar y decidir. La experiencia se traslada hacia el espectador en un intento por reivindicar su papel activo, nuestro papel activo. Si John Ashbery proponía “decir algo en defensa de estos días indolentes, cada uno de los cuales destila su gota de veneno hasta llenar la copa: decir algo en su defensa porque no podemos escapar de ellos”; por su parte Juan López nos anima a destapar la parálisis de un ritmo aletargado y conformista, a encontrar en el arte el mecanismo de defensa que motive nuevas alternativas.